Camino al Sol

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— Nacimiento —

 

Nací una noche de luna llena sin que mi madre quisiese tener hijos.

Crecí contándome cuentos y bailando con mis amigos de debajo de la cama.

Dejé de hablar a los dos años, un poco después de haber aprendido.

Y empecé a escribir historias para colorear una vida que no me gustaba, unos padres que no me entendían y un mundo con demasiada corteza.

Mi primer y único fan fue mi abuelo, con el que siempre hablaba en secreto. Adoraba sus paellas de marisco con arroz pegado y olor a mar.

Abuelo,

¿por qué se ríen cuando les digo que venimos de las Estrellas? Yo no me rio de ellos por no saber de dónde vienen.

¿Por qué los abuelos tienen que morir antes que los padres? Yo creo que no es justo, que debería ser igual para todos. ¿No crees?

¿Por qué la gente no hace lo que dice en vez de decir lo que hacen?

¿Por qué tengo sólo dos padres y no cuatro? Así siempre habría alguno disponible.

 

Mi abuelo siempre me respondía en silencio porque así pensaba que yo podría ser más yo y él más él. Así que las tardes de paella siempre se convertían en preguntas con respuestas de color a nada. Las más verdaderas que se pueden regalar.

— Vida —

Pronto mis rizos se hicieron demasiado largos y mis piernas demasiado anchas. Me dijeron que aquello no estaba bien. Que no era bonita. Y que si no eres bonita no puedes ser feliz. Y que no me querrían. “Nunca te querrán si no eres bonita”.

Mi corazón se llenó de agua. Mi garganta se cerró y dejé de respirar hinchando la barriga. La tristeza hizo que olvidase que venía de las Estrellas. Y mi abuelo también desapareció. Como si la magia y los abuelos caminasen de la mano.

Por sobrevivir me prometí convertirme en la más bella. La que todo lo consigue. La que destaca y es admirada por todos. Para que me quisieran. Por conseguir el amor. Por poder ser acariciada.

He hice que mis piernas no fuesen tan anchas ni mi cabello tan rizado y largo.

Y me cambié de voz y de sueños. Y me disfracé de otros para engañarlos a todos y a mí.

Pero, aun así, no conseguí el amor. Siempre estaba ese agujero negro y profundo imposible de llenar.

— Muerte —

Me desperté cuando las lágrimas del inodoro resbalaban por mis mejillas. No era la primera vez que me confesaba de esa manera. De rodillas, con los dedos rojos llenos de estómago, me rendía a la vida, vomitando mi insatisfacción y mi asco. Temblaba y sollozaba queriendo decir adiós, liberándome del vestido de piel y volando a mi casa en las estrellas. Mientras el espejo roto me fotografiaba el alma maltratada.

Como pude me fui arrastrando hasta el salón. Me dejé caer en el impoluto parqué y de rodillas y con los brazos abiertos y levantados hacia el cielo grité. Sonido de entrañas, de animal de luna llena. Un grito al Cambio. Un grito de Mujer. Algo que nunca había experimentado antes. Sollozando y temblando me dormí.

— Metamorfosis —

Me dijo que me desvistiera.

Yo temblaba.

Nunca me había desnudado ante un desconocido sin haber bebido unos cuantos gin-tonics.

Ella me miraba directamente a los ojos. Podía sentir su fuerza en cada poro de mi piel.

Tiritaba. No era frío. Era miedo.

¿Qué pensaría de mí?

¿Le gustaría?

¿Me aceptaría tal y como era?

Intenté imaginarme desnuda, pero no me era fácil verme sin espejo.

Me dijeron que Ella me salvaría.

Que Ella sabría cómo hacerlo. Cómo quitarme la angustia y las no ganas de vivir.

Aun así… Desnudarme. ¿Para qué?

Recubierta y escondida me sentía protegida.

Seguía mirándome.

Me dijo, “Hazlo”.

Me acuerdo que mis manos temblaban cuando me saqué la falda.

Me sentí ridícula. No sabía dónde dejarla, así que la apoyé en una silla, bien doblada. Para que no pensase que era una desordenada.

Desabroché los botones de mi camisa muy lentamente, demorando el momento de la desnudez.

Estaba en ropa interior cuando empecé a sentir las gotas de sudor frío cayéndome por la frente.

Ella seguía mirándome fijamente. Como si yo fuese transparente. Cómo si pudiese mirar a través de mí.

Me acordé de Eva cuando mordió la manzana y se llenó de pudor.

Así me sentía. Como Eva.

Juré no volver a comer más manzanas.

Decidí contar tres antes de dejar caer al suelo las últimas prendas que protegían mi miedo.

Y así me encontré.

Desnuda y frágil. Vulnerable.

Sola.

Conseguí sostener su mirada. Y me vi reflejada en sus ojos, que eran de color plata.

Sentí verdad en esas dos puertas abiertas a lo Invisible.

Pero entonces Ella desapareció.

Y allí me quedé yo.

Sola y Desnuda.

Sin sonido.

Sin maquillaje.

Sin cubierta.

Me volví Mujer Desnuda.

Y entendí por qué me dijo que me desvistiera.

Y lloré.

Y reí.

Y lloré y reí.

Y entendí a Dios.

Y entendí a Diosa.

 

— Resurrección —

Me desperté rodeada de cocos. Mi Elefante a mi lado. Estábamos por fin en la Isla de Plata, la de la nube blanca.

Tres meses en el barco. Tres meses de olas y peces. De rayas y sirenas. Nos miramos.

Eran tan graciosos esos tres pelos que sobresalían de sus orejas.

Me sonrió. Lo habíamos conseguido.

Aquí estábamos, rodeados de cocos de agua bendita.

Desde que nos vimos sin ojos, ya sabíamos el camino. El viaje del que corazón hablaba. El viaje sin mochila y sin vuelta. El de ida para siempre.

Nos dimos la mano y caminamos en silencio entre los cocos de la playa de nuestra nueva casa, oliendo el nuevo comienzo.

Yo volvía a ser Yo. La que tenía abuelo. La de las preguntas de magia. La que escribía cuentos con sus besos. La de las Estrellas.

Y ahora por fin habíamos llegado al Sol.

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