El otro día me encontré con una bruja disfrazada de persona.

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El otro día me encontré con una bruja disfrazada de persona.

Claro que no la reconocí al principio.

Me dio miedo. Siempre me pasa con las brujas cuando las conozco, antes de enamorarme.

Pero el otro día me abrió con un cuchillo y me sacón el corazón.

Me dijo que me lo tenía que arreglar.

No usó guantes ni bisturí.

Sólo unas palabras mágicas que ella conoce que hace que se te abra todo y se te quite lo sucio.

Luego te cose y te cierra.

Y te quedas limpita.

Esto no te lo explica, sólo lo hace porque es lo que ella más sabe hacer.

Cuando me senté en el salón a tomar un té no sabía que ella me iba a sacar el corazón.

Surgió sin planear. No quedamos para eso.

Ella sólo quería ayudar.

Y yo sólo quería dejarme hacer.

Cuando acabó la operación, yo ya no era la de antes.

Así que todo lo veía con otros colores.

Y olores.

Todo me sabía a sandía y a piña.

Y escuché la palabra.

“Perdón”.

Perdón por todo lo que pensé y no era cierto.

Perdón por todo lo que dije y no era verdad.

Perdón por todo lo que callé y tuve que haber dicho.

Perdón por crear aquello que no me dejó amar.

Perdón por no saber nada de lo que había hecho.

Perdón por mi ignorancia.

Y gracias a la bruja por aparecer.

Para eso son las brujas, para curar corazones y despertar mentes.

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