A veces echo de menos tu nombre, pero no a ti

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Cuando hablo contigo siempre me duele la barriga. Siempre tengo ganas de empujarte y que te caigas. 

A veces echo de menos tu nombre, pero no a ti. Es como si me hubiese equivocado de casa. Juraría que habían dicho 22, pero puede que fuese 21. Ahora ya da igual porque ya no estamos juntas. Aunque sigo echando de menos tu nombre, no a ti. 

A veces vienes y me hablas. Y me sigue doliendo la barriga. Te veo, pero no soy capaz de escucharte porque gritas demasiado. Y yo no escucho los gritos, sólo los susurros, pero tú de eso no sabes. Por eso digo que me confundí de casa.

Cuando juegas a “Aparentar que todo está bien” me duele aún más la barriga. Pero reconozco que eres buena, que se te da muy bien. Son muchos años de práctica. Si hubiese un concurso en la tele para “hacer que todo está bien” ganarías y serías rica. Y todo parecería perfecto. Aún más. 

Cuando intento aparentar vomito. Es la forma en que mi cuerpo expulsa la mentira. Es un cuerpo muy higiénico. No le gusta estar sucio. Es así de origen, no le eduqué. Más bien me educa él a mi. Así que cuando estoy contigo vomito mucho. Y eso cansa. Y por eso no tengo energía. Y por eso no brillo. Pero luego cuando me voy de viaje ya no me duele la barriga. Y ya no necesito vomitar. Y por eso corro y bailo. Y escribo todo el rato, hasta en la ducha y en la cama. Porque mi barriga escribe sola y yo la veo como si fuese una película y yo el espectador. Y me troncho de risa porque es muy graciosa y muy lista. Y de repente echo de menos tu nombre, pero no a ti. 

 

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